sábado, 23 de enero de 2010

Semblanzas y soledades.

I
PRIMERA PARTE
Abuelo:
Las paredes de tu casa las han dejado como se supone que es tu vida: vacías.
El blanco deprimente de hospital, no puede poner una nota de color en la monotonía de tus días. Tan sólo un calendario de S. Antonio te acompaña, indicando los días... los meses... que transcurren entre un tedio horrible, alterado solamente por el tic-tac de un pequeño reloj que es tu único compañero en la mesa y por el pasillo, el quejido continuo de tu mujer, (aún más sola que tú), sumergida en su sordera.
Y yo (espectadora atónita), al contemplarte, anciano, me pregunto: ¿En qué piensas? ¿Cuándo serán tus pensamientos realidad y cuando serán fantasmas creados por la arteriosclerosis de tus noventa y dos años?
Es triste que tu único pecado en la actualidad sea vivir. Tus diminutos ojos, aún analizan lo bueno y lo malo; tu estómago siente hambre en su momento; tus esfínteres funcionan a su capricho... Y todo esto les es odiable anciano...Ellos ya no os necesitan, han crecido, se han hecho adultos, tienen sus necesidades cubiertas. Ya no recuerdan las noches de fiebre junto a su cama, la ropa limpia, la comida caliente, el paseo, el beso...
Me decías: “Estamos como perros abandonados”... y yo te puedo asegurar, anciano, que mi perrilla en Pascua probó los mantecados... Ustedes ni siquiera recibisteis el beso de Año Nuevo, ese beso que le damos a cualquier desconocido con la euforia del champán.
Te pregunto en mis ratos de compañía: ¿Le duele algo, abuelo? ¡Nunca se queja! Me respondes: “Algunas veces me duele el lado del corazón. A mí me gustaría que fuese un dolor fuerte, rápido, para no sufrir más; pero... ¡qué le vamos a hacer! Estaremos aquí hasta que Dios quiera. No me quito la vida, pues eso es de cobardes”.
El día que aún te agarras a la esperanza me dices: “Todo esto que me ocurre está escrito, ¿sabes?, y algún día se sabrá...”
No sé si se sabrá, abuelo, pero puedo asegurarte que el viento sabe de tu soledad y lo sabe la madrugada, que día tras día acentúa tu calvario con su silencio e incertidumbre.
Puede ser, abuelo, que alguien pase por tu puerta y sepa que naciste, viviste, tuviste hijos y esperaste la muerte con ansias, porque la sociedad entera te apartó como un trasto inútil olvidado en el desván.
Y puede ser que alguien te recuerde mañana y lleve flores a tu tumba


II
SEGUNDA PARTE

Abuelo: Permíteme que te siga llamando así. No llegué a conocer a mis verdaderos abuelos y quizás por necesidad (el ser humano, casi siempre, es egoísta) terminé por adoptarte, aunque solo fuera en mi pensamiento.
Ha transcurrido mucho más de una década y he visto tanto. No se me cura una cicatriz cuando aparece otra y no encuentro espacio para remendar mi alma rota. Incluso mi corazón, que tanto amor ha repartido, empieza a sentir cansancio... y en algún momento ramalazos de abatimiento.
Tuve que aceptar (al no ser de tu familia), que vuestra vida se apagara en una residencia.
Tu mujer murió antes que tú y después llegó el que sería tu viaje definitivo.
Me sorprendió, la muerte posterior a la tuya (y en poco tiempo) de tu hija, otro hijo y la de uno de tus nietos en circunstancias dramáticas (la carretera no para de cobrarse víctimas) y la vida de pasar facturas.
Sé abuelo, que por tu edad, tenías que marcharte y ahora entiendo y acepto, que es duro vivir casi un siglo.
Los cambios han sido tan bruscos que, no solo tú, sino la misma naturaleza se resiste a ellos.
He llegado a la conclusión de que la enfermedad es la consecuencia del cisma que se produce entre el alma y el cuerpo, por eso abuelo la sociedad está enferma. Ha surgido un nuevo “virus” del que nadie es consciente o no nos percatamos de su gran virulencia, se llama: “Prisa” y es el culpable de esta ruptura entre alma-cuerpo.
La prisa ha invadido nuestras casas, nuestras calles, nuestros trabajos, como si de un gas letal se tratase.
Se contrata al que más produce, sin importar la calidad de su producción.
Se compra el coche más rápido y se coloca en manos inexpertas, donde el acelerador es un juego y la carretera la pista para llegar al infierno.
Se educa a los hijos con prisas, con muchas prisas, sin pensar que son pequeños huertos que hemos sembrado y que requieren nuestros cuidados: regar y quitar las malas hierbas. Un árbol pequeño cuando lo sembramos hay que amarrarle un tutor para que crezca derecho y así permanezca para siempre. Un hijo requiere el mismo procedimiento: Necesita, al menos, una década de lucha, de inculcarle unos valores éticos y morales que arraiguen en el niño y al llegar la adolescencia nos muestren unas almas con fuertes cimientos para no caer. Eso sería lo ideal y aportarles caricias en su corazón, para que los ojos de cada niño fuesen una esperanza renovada día a día... Pero ya no es así abuelo, no hay tiempo para las caricias. La prisa lo está destruyendo todo y en contrapartida, la paciencia tiende a desaparecer.
No se espera a madurar para beber alcohol (conozco a niños con diez años haciendo lo que ellos llaman “botellona”, o sea, bebiendo hasta la madrugada); ni se espera para dejar de escuchar cuentos; ni para dejar la muñeca en los juegos y cambiar ésta por el cigarrillo y la sexualidad irresponsable.
Tampoco se espera para la violencia. En edades tempranas se machaca al más débil del grupo. Se hurga en su vida para conocerle y tenerle controlado y poderle herir cada vez que venga en gana, sintiendo con ello un placer morboso, placer que se acentúa si ven a la víctima hundirse día a día. Últimamente, a ésta se la elige por la calle, sin saber quien es… es decir, violencia porque sí, violencia sin sentido.
En resumen, abuelo, nuestros jóvenes están perdiendo la conciencia. Por todas estas carencias, años después, terminan aplicando la violencia a sus mismas parejas...e incluso a sus hijos… algunos de meses.
Hay días que me duele, me lastima pensar. Recuerdo las sabias palabras de mi padre diciendo: “La prisa mata”. El tiempo me lo ha confirmado. Salgo a dar un paseo y hablo con cualquiera de cosas banales, para poderle dar un descanso a mis pensamientos.

¡De pronto! los recuerdos de mi infancia y la figura de mi madre guisando en la cocina y por las tardes tejiendo un chaleco o repasando ropa; también la familia reunida jugando una partida de parchís al anochecer... Estos pensamientos son como un bálsamo de paz para mi cerebro, que no los asocia para nada con la palabra prisa. Todo se hacía con la paz “necesaria”, sin violencia, cual gota de agua que se desliza y lenta y suavemente encuentra la trayectoria natural que le va marcando el camino.
Pero ¡de nuevo! me encuentro cavilando e intentando comprender lo complejo, lo complicado que es el ser humano, a pesar de estar ubicado en este espacio tan maravilloso del Universo, en el que cada día, al amanecer, hay una nueva posibilidad de cambiar, una nueva esperanza de desterrar lo malo que llevamos dentro y quedarnos con lo positivo para compartirlo con los demás.

No sé si todos estos pensamientos que te voy contando los comprendes bien abuelo, pero adivino que si, pues charlo pausadamente, buscando tu alma, allí dondequiera que se encuentre.

A medida que pasan los años estoy convencida que volveremos a vernos.
Creo que, aunque nuestros cuerpos desaparecen con la muerte, nuestras almas vuelven una vez y otra a reencarnarse. Quiero, necesito creer que la vida nos da esa oportunidad para rectificar cuantas cosas malas hayamos hecho y repetir o acrecentar las buenas.
He tenido muchos sufrimientos en la vida, pero en mi interior sé que tengo una fuerza especial para sobrellevarlos que emana de alguien que me precedió e intuyo que el ser humano llega a sorprenderse de su capacidad de respuesta cuando la vida le enfrenta a situaciones extremas.

A pesar de este bombardeo de noticias terribles, de hechos deleznables cometidos contra el ser humano desde su nacimiento, contra los animales y contra la misma naturaleza, aún así, abuelo, me agarro a un rayo de esperanza, un rayo de lucidez en el que el hombre reflexione y comprenda que no puede ser un lobo devorador para consigo mismo y su entorno, pues es posible que el universo no nos conceda una segunda oportunidad.... ya sabes... volver al inicio...
Mi oportunidad es siempre el día a día y confío en cada amanecer para que mis hijos le hagan llegar caricias a mi corazón cansado... aquellas que yo les regalé de niños para que fuesen una herencia de esperanzas renovadas.
Para ti, abuelo, mi mejor deseo: DESCANSA EN PAZ... Y que importancia tiene para ti que lleven o no lleven flores a tu tumba, si lo cierto es que cuantos nos precedisteis (hacia la trayectoria final), estáis revoloteando siempre sobre nuestras cabezas para que no nos ahoguemos en un mar de soledades.

4 comentarios:

  1. Alicia.
    Tú, que te sientes poeta, lo eres realmente. Estas palabras al abuelo no son otra cosa sino una bella poesía.
    Poesía llena de realismo.

    Pones el dedo en esa llaga que nunca se cierra. Es la herida de la vida. Es el olvido de los que todo lo dieron por sus descendientes. La muerte, la muerte del abuelo, en muchas ocasiones, duele poco. Es algo que tiene que venir y cuando viene se ve como natural. Se olvida que la vida del abuelo también es vida, que los años no cuentan para la vida.
    Cada cual ama su vida con todas sus energías. ¿Puede querer su propia vida con más fuerza el joven que el anciano? No. La vida es lo único que tenemos propio, todo lo demás es postizo.

    Me ha emocionado la lectura.

    Muchas veces he entrado en tu blog, pero nunca había encontrado este "rincón" que visitaré con frecuencia a partir de ahora.
    Alicia, me encanta tu enorme sensibilidad.

    Valonero

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  2. Lindo Alicia. Después de lo que te ha dicho Valonero, no hay mucho más que añadir.
    Para mí tambíén fue una suerte encontrar este enlace dónde,sobrada de sensibilidad, dejas al descubierto esa crueldad sin tapujos que por desgracia tienen que sufrir los ancianos en la últimma etapa de sus vidas,cuando sus ojos sólo vislumbran ya el ocaso que ven cerca. Triste realidad.

    Un beso
    J.M.Santos

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  3. Que triste realidad pones de manifiesto en tu magnífica dedicatoria al abuelo, has tenido que vivir su existencia para expresarte con tanto sentimiento. Yo no los he conocido, apenas a uno, pero sí veo con frecuencia a los de mis hijos, de muchos años ya, empeñados en vivir, con sus achaques, con sus manías, citando a la muerte pero aferrados a la vida; éstos están bien cuidados personalmente por sus hijos, a pesar de eso se quejan,¿ porqué será que estas personas se ensañan con quien más cariño y tiempo le dedican...? ¡ cuanta falta de reconocimiento y gratitud...¡. En mi comentario expongo actitudes un tanto opuestas a lo que tú dices, pero no es con ánimo de contradecirte, es simplemente de exponer otra cara de esta relidad. Quiero decir con ello que hay abuelos muy bien cuidados y atendidos por los suyos, otra cosa es poder entrar en sus ideas y recuerdos. Muy bueno tu trabajo, Alicia. Un abrazo

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  4. Por desgracia no conocí a ninguno de mis abuelos.
    Es cierto lo que afirmas en tu escrito.
    Se produce en el mundo del anciano una gran contradicción, según cual sea su situación.
    El que se queja normalmente, es el que está bien cuidado; es porque sabe que su familia le responde, atiende siempre sus peticiones y ésto le hace volverse egoísta.
    Sin embargo los que están solos o en residencias, son los más resignados. Aprecian un rato de charla, de cuidado y cariño, más que nadie y sobre todo saben valorarlo.
    Si los que están bien atendidos por sus seres queridos, pasaran por la experiencia de los que no lo están, su ingratitud y egoísmo desaparecería.
    De todas formas hay que tener paciencia; saber sobrellevar las dolencias propias de su edad y recurrir a la residencia en un último extremo y ante ciertas enfermedades en las que el cuidador termina enfermo y hace falta "el respiro familiar".
    Un abrazo.

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